
Confieso que soy un constreñido delante del camarero, de cualquier camarero. Si es hombre, aún es peor. El camarero es una cosa poco natural. Una cosa antigua. Aquel hombre allí, con pajarita, sirviéndonos. A veces con edad suficiente para ser nuestro padre... es embarazoso, para él y para nosotros. La propina voluntaria es una especie de regulador de la vejación que pagas al camarero sólo por existir. Un soborno para que él lo olvide todo y tu puedas aplacar tu conciencia. Es como decir "ya lo sé, yo mismo tendría que levantarme e ir a la cocina a buscar mi plato como mamá me enseñó, soy una bestia, el mundo es injusto, toma ahí para una cervecita". Cuanto más servil el camarero, más te constriñes y mayor la propina. Es el remordimiento. O la conciencia social, que es lo mismo.
La propina obligatoria desobliga a ambas partes, al camarero de babear en tu cuello y a ti de tener remordimientos. Pero también lleva a exageraciones, como la desatención completa del camarero por el mundo en general y por tu mesa en particular. Quiero decir, estamos a favor de la igualdad universal, el fin del servilismo y la fraternidad entre los seres humanos, pero ojo con el servicio, hombre!
¿Y quién no ha tenido que pasar nunca por la vejación de atraer la atención de un camarero que insiste en no mirar hacia uno? Es de los peores momentos de la humanidad.
Tú levantas el brazo haciendo un ademán, el camarero no mira y tienes que improvisar: te pasas la mano por la cabeza, te das un golpe en la nuca, finges que estás espantando una mosca o que has visto a un conocido allá al fondo. "Eh, ¿todo bien?" Lo intentas otra vez, el camarero sigue sin mirar, y hay otro conocido al que acabas de descubrir en el restaurante. Hasta que:
- ¿Qué?
- ¿Qué de qué, caballero?
- Es la tercera vez que saluda a mi mujer y ella jura que no le ha visto a usted en la vida.
- ¿Su mujer? No, no, por el amor de Dios, estaba espantando una mosca.
- Sí, ya. Que no vuelva a ocurrir.
- No se preocupe. Y hágame un favor. Cuando vuelva a su mesa, dígale al camarero que necesito hablar con él. Es urgente. Le espero aquí mismo, más o menos a esta hora, con el brazo levantado, a fin de que me identifique. Dígale que me traiga la cuenta. La cuenta. Él lo entenderá.
Peor es cuando le llamas y no te oye. Intentas un tono jovial "eh, jefe", luego el falso íntimo "¡oye, amigo!", después el más formal, con alguna autoridad "¿quiere hacer el favor?" y por último el lenguaje internacional del "psiu!". Si todo falla, tírale un tenedor a la cabeza. Pero la propina la tienes que pagar, está incluida.
¿Y el maître? El maître es el terror. El maître ya ha sido camarero, ya ha pasado por todo por lo que pasa un camarero, y hoy es un resentido en el poder. Trata a los camareros como a una subespecie y a ti como a un camarero. No sé si sólo me pasa a mí, pero siempre tengo la impresión de que el maître desaprueba lo que pido, el vino que escojo, mi manera de coger el cuchillo y el tono de mis zapatos. Y tampoco está muy entusiasmado con mi existencia.
- ¿Mesa para cuántos?
- Do-dos... si al señor no le importa. Pero si lo prefiere, me voy. ¡Y perdone las molestias!
La primera vez que pedí ostras en París, me encaré con un maître preparado para exorcizar de una vez todos mis demonios. Si conseguía enfrentarme a un maître en Montparnasse, en su lengua (cada vez que hablo francés, Racine muere un poco más), estaría a salvo. Miré al maître a los ojos y dije, con voz firme como la salud de Pompidou, que estaba mueriendo por aquel entonces:
- Des huîtres.
- Monsieur?
- Des huîtres - repetí, ya pensando en abandonar la idea, la mesa y la ciudad.
- Sí, monsieur, pero de qué calidad? ¿Qué número?
Ele me enseñó la carta. Había 17 categorías diferentes de ostras, y cada categoría tenía varios números, correspondientes al tamaño. "Ya que no somos franceses, por lo menos intentemos ser precisos" parecía decir el maître con la mirada.
- La claire número 3, evidentemente - dije yo, dando a entender que un buen maître vería en mi cara que yo era un hombre de claire número 3.
El problema es que después de eso, en cualquier restaurante del mundo en que entro, noto un brillo de divertido reconocimiento en los ojos del maître. Ah, ése es el de las ostras en París... Una alucinación, claro. Es el terror.
Siempre doy propina al camarero, a pesar del constreñimiento. Pero al maître jamás. Conozco a mis enemigos.
Luis Fernando Veríssimo. A Mesa Voadora. Rio de Janeiro: Objetiva, 2001.
Traducción propia.
