Todos quieren vivir felices, mi querido Galión, pero para ver con claridad en qué consiste lo que hace una vida completamente bienaventurada, andan a ciegas. Y de tal manera no resulta sencillo conseguir esa vida feliz, que cada uno se aparta de ella tanto más, cuanto con mayor ahínco la busca; si ha equivocado el camino: porque, comoquiera que éste conduce a la parte contraria, la misma vehemencia los impulsa a una mayor distancia. [...] En nada, por consiguiente, hemos de poner mayor empeño que en no seguir, según acostumbran las ovejas, al rebaño que va delante y que caminan, no por donde se debe ir, sino por donde va todo el mundo. Porque ninguna cosa nos proporciona mayores desgracias que aquello que se decide por los rumores: convencidos, además, de que lo mejor es aquello que ha sido aceptado por la mayoría de las gentes, y de éstos tenemos muchos ejemplos; vivimos no según nos dicta la razón, sino por imitación. [..] Perjudica, pues, ser arrastrado por los que van delante, y mientras cada uno prefiere mejor confiarse que juzgar, jamás se medita sobre la vida, y siempre se cree en los demás; el error, que va pasando de mano en mano, nos hace dar vueltas y nos precipita al abismo, pereciendo por los malos ejemplos de los otros. Acertaremos tan pronto como nos separemos de los demás; ahora, en cambio, la multitud se ha plantado en contra de la razón, como defensora de su perdición.
Séneca: Sobre la felicidad
Traducción de J. Azagra
domingo, 23 de diciembre de 2007
viernes, 6 de julio de 2007
El Dosto también le metía al canuto....

- ¿Qué es eso? ¿Una alegoría?
- N-no. ¿Por qué habría de serlo? No es una alegoría, sino una hoja, sólo una hoja. La hoja es buena. Todo es bueno.
- N-no. ¿Por qué habría de serlo? No es una alegoría, sino una hoja, sólo una hoja. La hoja es buena. Todo es bueno.
- ¿Todo?
- Todo. El hombre es infeliz porque no sabe que es feliz. Sólo por eso. ¡Eso es todo! Quien llega a saberlo, llega a ser feliz en ese momento mismo. Esa suegra morirá, pero quedará la muchacha. Todo es bueno. Lo descubrí de repente.
- Y si alguien se muere de hambre o insulta y deshonra a la muchacha, ¿eso es bueno?
- Lo es. Y si alguien se levanta la tapa de los sesos por la niña, eso también es bueno. Y si no se la levanta, también lo es. Todo es bueno, todo. Es bueno para todos los que saben que es bueno. Si supieran que sería bueno para ellos, sería bueno. Ésa es mi idea, toda ella, y no hay ninguna otra.
F. M. Dostoyevski. Los demonios. Madrid, Alianza Editorial, 2002.
Traducción de Juan López-Morillas
jueves, 28 de junio de 2007
La propina es libre

Confieso que soy un constreñido delante del camarero, de cualquier camarero. Si es hombre, aún es peor. El camarero es una cosa poco natural. Una cosa antigua. Aquel hombre allí, con pajarita, sirviéndonos. A veces con edad suficiente para ser nuestro padre... es embarazoso, para él y para nosotros. La propina voluntaria es una especie de regulador de la vejación que pagas al camarero sólo por existir. Un soborno para que él lo olvide todo y tu puedas aplacar tu conciencia. Es como decir "ya lo sé, yo mismo tendría que levantarme e ir a la cocina a buscar mi plato como mamá me enseñó, soy una bestia, el mundo es injusto, toma ahí para una cervecita". Cuanto más servil el camarero, más te constriñes y mayor la propina. Es el remordimiento. O la conciencia social, que es lo mismo.
La propina obligatoria desobliga a ambas partes, al camarero de babear en tu cuello y a ti de tener remordimientos. Pero también lleva a exageraciones, como la desatención completa del camarero por el mundo en general y por tu mesa en particular. Quiero decir, estamos a favor de la igualdad universal, el fin del servilismo y la fraternidad entre los seres humanos, pero ojo con el servicio, hombre!
¿Y quién no ha tenido que pasar nunca por la vejación de atraer la atención de un camarero que insiste en no mirar hacia uno? Es de los peores momentos de la humanidad.
Tú levantas el brazo haciendo un ademán, el camarero no mira y tienes que improvisar: te pasas la mano por la cabeza, te das un golpe en la nuca, finges que estás espantando una mosca o que has visto a un conocido allá al fondo. "Eh, ¿todo bien?" Lo intentas otra vez, el camarero sigue sin mirar, y hay otro conocido al que acabas de descubrir en el restaurante. Hasta que:
- ¿Qué?
- ¿Qué de qué, caballero?
- Es la tercera vez que saluda a mi mujer y ella jura que no le ha visto a usted en la vida.
- ¿Su mujer? No, no, por el amor de Dios, estaba espantando una mosca.
- Sí, ya. Que no vuelva a ocurrir.
- No se preocupe. Y hágame un favor. Cuando vuelva a su mesa, dígale al camarero que necesito hablar con él. Es urgente. Le espero aquí mismo, más o menos a esta hora, con el brazo levantado, a fin de que me identifique. Dígale que me traiga la cuenta. La cuenta. Él lo entenderá.
Peor es cuando le llamas y no te oye. Intentas un tono jovial "eh, jefe", luego el falso íntimo "¡oye, amigo!", después el más formal, con alguna autoridad "¿quiere hacer el favor?" y por último el lenguaje internacional del "psiu!". Si todo falla, tírale un tenedor a la cabeza. Pero la propina la tienes que pagar, está incluida.
¿Y el maître? El maître es el terror. El maître ya ha sido camarero, ya ha pasado por todo por lo que pasa un camarero, y hoy es un resentido en el poder. Trata a los camareros como a una subespecie y a ti como a un camarero. No sé si sólo me pasa a mí, pero siempre tengo la impresión de que el maître desaprueba lo que pido, el vino que escojo, mi manera de coger el cuchillo y el tono de mis zapatos. Y tampoco está muy entusiasmado con mi existencia.
- ¿Mesa para cuántos?
- Do-dos... si al señor no le importa. Pero si lo prefiere, me voy. ¡Y perdone las molestias!
La primera vez que pedí ostras en París, me encaré con un maître preparado para exorcizar de una vez todos mis demonios. Si conseguía enfrentarme a un maître en Montparnasse, en su lengua (cada vez que hablo francés, Racine muere un poco más), estaría a salvo. Miré al maître a los ojos y dije, con voz firme como la salud de Pompidou, que estaba mueriendo por aquel entonces:
- Des huîtres.
- Monsieur?
- Des huîtres - repetí, ya pensando en abandonar la idea, la mesa y la ciudad.
- Sí, monsieur, pero de qué calidad? ¿Qué número?
Ele me enseñó la carta. Había 17 categorías diferentes de ostras, y cada categoría tenía varios números, correspondientes al tamaño. "Ya que no somos franceses, por lo menos intentemos ser precisos" parecía decir el maître con la mirada.
- La claire número 3, evidentemente - dije yo, dando a entender que un buen maître vería en mi cara que yo era un hombre de claire número 3.
El problema es que después de eso, en cualquier restaurante del mundo en que entro, noto un brillo de divertido reconocimiento en los ojos del maître. Ah, ése es el de las ostras en París... Una alucinación, claro. Es el terror.
Siempre doy propina al camarero, a pesar del constreñimiento. Pero al maître jamás. Conozco a mis enemigos.
Luis Fernando Veríssimo. A Mesa Voadora. Rio de Janeiro: Objetiva, 2001.
Traducción propia.
martes, 26 de junio de 2007
Raymond Chandler

Carta a Edgar Carter, a quien la revista británica Picture Post le había enviado algunas preguntas sobre Chandler, 5 de febrero de 1951.
"El Picture Post está destinado a la gente que mueve los labios cuando lee. Podrán obtener todos los datos que deseen de mi editor inglés, Jaimie Hamilton, Ltd. 90 Great Russell Street, Londres, WCI. Las preguntas que me hacen me parece que indican el nivel intelectual del departamento editorial del Picture Post. Sí, soy exactamente como los personajes de mis libros. Soy muy duro y es un hecho comprobado que he aplastado un dulce con las manos. Soy muy apuesto, tengo un físico poderoso, y me cambio de camisa regularmente todos los domingos a la mañana. Cuando descanso entre dos misiones vivo en un château francés al costado de la autopista de Mullholand. Es un edificio bastante pequeño de cuarenta y ocho dormitorios y cincuenta y nueve baños. Ceno en plato de oro y prefiero que me sirvan bailarinas desnudas. Pero por supuesto hay momentos en que tengo que dejarme crecer la barba y alojarme en un burdel de Main Street, y en ocasiones paso temporadas en el calabozo de borrachos de la cárcel de la ciudad. Tengo amigos en todos los peldaños de la vida. Algunos son muy cultos y algunos hablan como Darryl Zanuck. Tengo catorce teléfonos en mi escritorio, incluyendo líneas directas con Nueva York, Londres, París, Roma y Santa Rosa. Mi archivero se abre, convenientemente, en forma de bar portátil, y el cantinero, que vive en el cajón de abajo, es un enano llamado Harry Cohn. Soy gran fumador y según mi estado de ánimo fumo tabaco, marihuana, barba de choclo u hojas de té secas. Hago mucha investigación, especialmente en los departamentos de rubias altas. En mi tiempo libre colecciono elefantes.
Carta a Jamie Hamilton, editor británico de Chandler 10 de noviembre de 1950. Hamilton, interesado en actualizar la biografía de solapa de Chandler después de su paso por Hollywood, le había pedido alguna información sobre su vida.
"... He estado casado desde 1924 y no tengo hijos. Se supone que soy un escritor duro, pero eso no significa nada. Es sólo un método de proyección. Personalmente soy sensible y hasta apocado. Por momentos soy en extremo cáustico y belicoso, por momentos muy sentimental. No sirvo para la vida social porque me aburro muy fácilmente, y para mí lo corriente nunca me parece lo bastante bueno, en gente o en cualquier otra cosa. Soy un trabajador espasmódico sin horarios regulares, lo que equivale a decir que sólo escribo cuando tengo ganas. Siempre me sorprende lo fácil que parece en el momento, y lo cansado que me siento después.
Como escritor de novelas policiacas, creo que soy un poco anómalo, ya que la mayoría de los autores de novelas policiacas de la escuela norteamericana son apenas semianalfabetos, y yo no sólo soy alfabetizado sino un intelectual, por mucho que me disguste la palabra. Se diría que una educación clásica es una mala base para escribir novelas duras en argot. Yo pienso lo contrario. Una educación clásica le impide a uno caer en la trampa de la pretensión, que es lo que llena la mayoría de la ficción actual.
En este país el autor de novelas policiacas es visto como algo subliterario sólo porque es un autor de novelas policiacas, y no un autor de cháchara de significación social. Para un clasicista (aun herrumbrado) esa postura revela sólo la inseguridad de un parvenu. Cuando me preguntan, como lo hacen a veces, por qué no pruebo a escribir una novela seria, no discuto; ni siquiera les pregunto a qué se refieren con una novela seria. Sería inútil. No sabrían qué decir. Esa pregunta es la que podría hacer un loro.
Leyendo lo anterior, me parece detectar un cierto tono desdeñoso aquí y allá. Me temo que esto no es del todo admirable, pero lamentablemente es cierto. Corresponde. De hecho, soy una persona más bien arrogante en muchos aspectos."
Como escritor de novelas policiacas, creo que soy un poco anómalo, ya que la mayoría de los autores de novelas policiacas de la escuela norteamericana son apenas semianalfabetos, y yo no sólo soy alfabetizado sino un intelectual, por mucho que me disguste la palabra. Se diría que una educación clásica es una mala base para escribir novelas duras en argot. Yo pienso lo contrario. Una educación clásica le impide a uno caer en la trampa de la pretensión, que es lo que llena la mayoría de la ficción actual.
En este país el autor de novelas policiacas es visto como algo subliterario sólo porque es un autor de novelas policiacas, y no un autor de cháchara de significación social. Para un clasicista (aun herrumbrado) esa postura revela sólo la inseguridad de un parvenu. Cuando me preguntan, como lo hacen a veces, por qué no pruebo a escribir una novela seria, no discuto; ni siquiera les pregunto a qué se refieren con una novela seria. Sería inútil. No sabrían qué decir. Esa pregunta es la que podría hacer un loro.
Leyendo lo anterior, me parece detectar un cierto tono desdeñoso aquí y allá. Me temo que esto no es del todo admirable, pero lamentablemente es cierto. Corresponde. De hecho, soy una persona más bien arrogante en muchos aspectos."
Raymond Chandler, El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Barcelona: Emecé Editores, 2004. Traducción de César Ceira.
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